CATACLISMO

VESTIR MI IDENTIDAD

 

VESTIR MI IDENTIDAD
Eva Santos Sánchez-Guzmán*

 

En primer lugar quiero agradecer a mi madre todo el esfuerzo que ha puesto en mi crianza y educación, ella nos crió a mí y a mis dos hermanas mientras trabajaba sin sueldo en un negocio familiar. Gracias a la organización y especialmente a Domix y Ángel por coordinar esta propuesta y por invitarme a participar en ella que, a pesar de algunas dudas que me surgen porque a veces da miedo consolidar hechos que siguen marcando la diferencia, y por la institucionalización gratuita (sin sueldo) del arte feminista…, creo que es un acontecimiento rememorable: el Festival Miradas de Mujeres, que este año ha aumentado su participación y sus sedes para tener presencia en prácticamente todos los rincones de España. Esto es reconfortante por dos aspectos: el primero, porque es una manifestación feminista y, una vez más, pacifista, que me recuerda a las manifestaciones del siglo XIX en las que las mujeres sufragistas reclamaban el derecho a voto, portando sus banderas. Y por otro lado es reconfortante por su descentralización, mirar a los márgenes no es simplemente mirar más allá del centro, es descubrir que en estas periferias se erigen voces y creatividades que también reclaman su visibilidad. Tenemos mucho que contar y mucho que hacer en estas periferias, unas periferias no solo territoriales, sino también estamentales y de género.

Es por ello que hay que reconocer, como aseveró Griselda Pollock, que el feminismo contemporáneo no existiría si las mujeres artistas no estuviesen perpetuamente luchando contra la discriminación femenina. El universo simbólico derivado de los tejidos, vestidos y técnicas de coser ha estado muy cercano a estos movimientos y es aquí donde encuadro mi trabajo. La elección de vestirme o de coser surge de esta vinculación, de una reflexión en torno a la situación de la mujer y de la categoría social de género. Me han pedido que reflexione sobre cómo ser mujer ha marcado mi trayectoria, pero para empezar deseo destacar los actos de dos feministas: la chilena Julieta Kirkwood matizaba sus reuniones políticas con el tejido de un suéter y la española Marytsa Navarro se presentaba en los congresos internacionales como “feminista y tejedora”.

He citado a las mujeres sufragistas: ¿De dónde salen las sufragistas? A las mujeres estadounidenses del siglo XIX, no les sacaron de sus casas sus propios problemas, sino una injusticia que veían a su alrededor: la esclavitud. Vieron cómo la opresión a los esclavos era muy similar a su propia opresión. Las hermanas Sarah y Angelina Grimké, nacidas en una familia propietaria de esclavos de Carolina del Sur, fueron las primeras activistas en el movimiento de abolición de la esclavitud que luego aplicaron su crítica social a la condición de la mujer. “Que las puntadas de nuestras agujas aguijoneen las conciencias de los amos de esclavos”, dirían en público contra la esclavitud.

La división del trabajo en función del sexo es un hecho en todas las sociedades, aunque estos repartos se están poniendo en cuestión, como nos adelantó Juan García Sandoval el lunes en su charla. Simone de Beauvoir recoge en su texto El segundo sexo que, para Engels, en las sociedades primitivas el hombre cazaba y recolectaba, la mujer se dedicaba a la fabricación de la alfarería, el telar o los pequeños huertos, trabajos diferentes pero igualmente valorados. Para él la gran derrota histórica del sexo femenino se halla en la división del trabajo tras el invento de los instrumentos surgidos por el descubrimiento del cobre, el estaño o el hierro. La posibilidad de la agricultura y de la modificación de las tierras sería el colofón para que el trabajo productivo del hombre supere al doméstico de la mujer en esa ambición conquistadora de propiedades y trascendencia (una productividad en que la se empeñan los gobiernos en tomar como parámetro de medida de desarrollo de un país. Hoy salía en la prensa que la única manera de conquistar la mujer su igualdad es que tenga trabajo. No está ahí solo la discriminación, la igualdad tiene que conquistarse desde lo simbólico a lo concreto y la productividad ni es una cosa ni otra. Esta sentencia es una intención de poner por encima de otros muchos problemas que sufre la mujer, el de la productividad ocultando otras realidades). Esta visión de Engels es cuestionada por Simone de Beauvoir, ya que no es la división del trabajo causa de la esclavitud sexual, sino la desproporción en la valoración de las tareas. ¿No podría tener un sueldo la persona (independientemente de su sexo) que realiza tareas como el cuidado de los hijos e hijas, de la casa…? Tengamos en cuenta que gracias a ello la productividad (que no debe tener género) es posible.

El varón, ante la amenaza de perder la soberanía sobre la mujer, ha generado una relación de poder violenta, física y psicológicamente. Para María Milagros Rivera Garretas, “esta violencia restringió la movilidad de las mujeres mucho más que la maternidad. Dificultó o impidió su acceso a los medios de producción y justificó la creación de múltiples instituciones restrictivas para las mujeres”. La familia, la política, la moda, e incluso el arte burgués no han sido más que inventos de la sociedad patriarcal para mantener su hegemonía. Por poner un ejemplo concreto: la lactancia materna está siendo enfatizadamente defendida ahora que existe el permiso por paternidad.

¿Qué sucede cuando la mujer comienza a acceder a los medios de producción? ¿Cómo mantener a la mujer en el hogar y que contribuya a la vez a la economía familiar? Continuando con sus tareas dentro del ámbito doméstico, entre ellas la costura y el tejer. Profesiones o labores que se convirtieron en propias del género femenino. Irene Turnau nos cuenta que existió un tipo de aguja para tricotar muy utilizado que consistía en que una de las agujas tenía un pasador para poder fijarla al cuerpo, así “supervisaban las tareas domésticas al tener una mano libre”. La contribución a la economía familiar, no obstante, será considerada como un anexo casi insignificante.

En mi caso debo añadir que mi necesidad personal de autonomía económica, no vino demandada por un “yo necesito”, sino por un “yo también puedo”. Eso sucedió en mi juventud y me lleva a pensar en cómo mi yo se constituyó en un reto personal de conquista del terreno que otros ocupaban. Lógicamente mis primeros estudios fueron Administrativo y Corte y confección.

entretejidasEva Santos Sánchez-Guzmán, Entretejidas, 2013. Tapiz, 90 x 85 x 14 cm

La costura llegó a ser valorada como una destreza que debían de poseer todas las jóvenes a principios del siglo XIX. Así mismo, en los programas de estudios de las escuelas femeninas se incluyeron las enseñanzas de las labores de tejido. Aumentó el número de revistas dirigidas a mujeres en las que se mostraban ejemplos, modelos e instrucciones que favorecieron no solo la difusión de diversos tipos de labores, sino modelos de ser mujer.

La introducción de la máquina en la cadena productiva propició el comienzo de la liberación de la mujer. Con la llegada de la industria textil, algunas mujeres saldrán a trabajar, manteniéndose esta industria fundamentalmente con mano de obra femenina. Es una gran revolución que cambia la suerte de la mujer. Marx y Engels prometen una liberación femenina similar a la del proletariado. Simone de Beauvoir recoge la siguiente afirmación de Engels: “La mujer solo se podrá emancipar cuando tome parte en una gran medida social en la producción y solo esté atada al trabajo doméstico en una medida insignificante. Es algo que se ha hecho posible en la gran industria moderna, que no solo admite a gran escala el trabajo de la mujer, sino que lo exige formalmente”. Lo que podría ser una conquista, ¿fue una concesión a favor de la productividad de la sociedad capitalista antes señalada? ¿Por qué se empeñaron en desvalorizar de ese modo el trabajo doméstico? Mis mejores reflexiones me surgen fregando los cacharros.

La mujer será explotada de forma vergonzosa. En muchos casos los empresarios las prefieren a los varones. Marx relata que un fabricante le comunicó que en sus telares solo empleaba mujeres casadas, porque como tenían que mantener un hogar prestaban mucha atención y eran más dóciles que las solteras. El trabajo hizo conquistar a la mujer su condición social de igual?, pero a un alto precio. “En Lyon, en los talleres de pasamanería, algunas mujeres se ven obligadas a trabajar prácticamente suspendidas de correas utilizando al mismo tiempo los pies y las manos”, escribe Blanqui y nos recuerda una vez más Beauvoir.

El 8 de marzo conmemoramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Ese mismo día del año 1908, 129 (o más, 140: es curioso leer esta noticia en diferentes fuentes de información) mujeres costureras empleadas en la fábrica Sirtwood Cotton de Nueva York, murieron abrasadas en su lugar de trabajo. Se habían encerrado en la fábrica pacíficamente para secundar la huelga que tenía movilizadas a 40.000 costureras de Manhattan. Pedían la igualdad salarial con los hombres, la mejora de las condiciones higiénicas de la fábrica, un tiempo para la lactancia y la reducción de la jornada a diez horas. El empresario neoyorquino, muy lejos de dialogar con sus empleadas, ordenó cerrar todas las puertas y prender fuego a las instalaciones. Después de esta masacre es fácil seguir añadiendo vinculaciones feministas al arte del cosido.

Solo una más: Freud diría en su texto La feminidad, de 1933 (recogido por Nora Levinton), entre otras desvaloraciones: “Las mujeres no han contribuido, sino muy poco, a los descubrimientos e inventos de la historia de la civilización; pero quizá sí han descubierto, por lo menos, una técnica: la de tejer e hilar”.

Pero titulaba mi charla “Vestir mi identidad”, por ello me voy a acercar tímidamente al psicoanálisis para entender cómo el género es uno de los rasgos constitucionales del yo. Nora Levinton recoge la teoría de John Money, en la que señala que “la identificación con un género se realiza en los dos primeros años de vida, antes que el conocimiento de las diferencias sexuales entre macho y hembra y de las funciones sexuales de nuestros genitales”. En este tiempo nuestras historias se van configurando a partir de lo que nuestra madre y nuestro padre tengan preestablecido con los roles masculinos y femeninos de su cultura. La identificación hace que podamos reconocernos similares a quienes poseen nuestro propio género (la madre, hermana, abuela) e incorporamos sus actitudes, sus reglas y normas como modelo de nuestro género. Pero tras esa primera identificación nuestra subjetividad se completará con los mensajes provenientes de las instituciones simbólicas, y el feminismo es una de ellas. Y esta ha sido mi dificultad o mi camino: vivir en la dicotomía entre disfrutar en el alcance e identificación en esos roles observados en mi madre y ser conscientes de la imposición y violencia de ellos.

dedos-copiaEva Santos Sánchez-Guzmán, Fundas para dedos que señalan, 2011. Perlé, lana de jersey de la artista y cornucopia, 72 x 70 x 8 cm

No debemos olvidar que si en la época prefeminista la mujer sufría una violencia en su subordinación y subestimación social, tenemos que tener mucho cuidado, porque la respuesta de la sociedad patriarcal a nuestras conquistas es generar un superyo femenino muy difícil de manejar.

Victoria Camps diría que entra en conflicto por ejemplo ser femenina o ser fuerte, o ser femenina o ser activa. Y aquí recuerdo mis primeros trabajos como escultora. Los realizaba en hierro soldado, eran piezas frías y más o menos pesadas, entonces recibí más de un comentario con respecto a lo apropiado para una mujer de este tipo de técnicas. Los hice antes y después de ser madre de un varón. Así mismo, cuando empecé a trabajar como profesora en la Facultad de Bellas Artes de Murcia, un alumno (que también estudiaba Derecho) me preguntó si no hubiera preferido tener hijos en lugar de ser escultora y profesora… (¿En manos de quién están nuestras leyes?).

Mi posición ahora está en la defensa y fomento de la intersubjetividad que aleja a la madre de ser objeto para situarla también como sujeto. Para Jessica Benjamin mediante la intersubjetividad se desarrollan procesos de reconocimiento mutuo, y este reconocimiento implica una respuesta con el otro. Esta es mi invitación, generar un lugar simbólico en el que las relaciones intersubjetivas se den por encima del género asignado, en el que todos y todas desarrollemos las capacidades de apego y solo así daremos valor a la capacidad de relacionarse con los demás.

de-la-abuelaEva Santos Sánchez-Guzmán, De la abuela, 2012. Vídeo para videoperformance.

 

* Resumen de la charla “Vestir mi identidad” presentada en el MURAM (Museo Regional de Arte Moderno de Cartagena) el 8 de marzo, dentro de la programación “Ni putas ni sumisas: Narrativas femeninas” enmarcada en el contexto del Festival Miradas de Mujeres 2014.

 

 

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