CATACLISMO

ASALTAR LAS CÚPULAS, PROCLAMAR EL FEMINISMO

editorial

Cuando veo que en los últimos meses las mujeres han acabado por detentar todos los museos históricos importantes en Florencia, en un país como el nuestro, mediterráneo, católico, machista y corrupto, me pregunto qué pasa en España.

Por supuesto, para quienes reclamamos recuperar nuestro pasado y disfrutar de nuestro pleno derecho en igualdad en el arte contemporáneo, no basta con que sean mujeres las que rompan el techo de cristal, después de décadas y décadas de ser abrumadora mayoría en la especialización de conservadoras de museos.

También se precisa que proclamen su feminismo en las políticas artísticas a aplicar desde sus puestos de directoras de museos y centros, como ya están haciendo ostensiblemente las mujeres del arte contemporáneo en el ámbito anglosajón. Frances Morris, elegida nueva directora de la Tate Modern el pasado enero lo dejaba claro: las cosas van a cambiar, dijo, y parece que no supuso ningún escándalo, más bien se comprendió que precisamente había sido elegida, entre otros méritos, por su decidida apuesta feminista.

En este país andamos como siempre, a remolque de lo que llega de ese lejanísimo horizonte, cuyos cambios pareciera que se diluyen –todavía– al pasar los Pirineos. Aunque queda algún indicio. En los medios, ante la multiplicación de noticias de todo tipo llegadas de allende, parece que el término «feminismo» se está comenzando a rehabilitar; incluso en los suplementos culturales. Doy fe de lo que ha costado, hasta que comenzaron a llegar esas brisas de lo que entre los países de nuestro entorno es ya clamor. Después de medio siglo de constantes esfuerzos en la investigación y la historiografía, en la curadoría y la crítica, en la gestión y el mecenazgo, ya en pleno siglo XXI ¡estamos hartas!

Algunos de los nuevos directores –mujeres u hombres– elegidos por concurso en los últimos años al principio de su mandato han ofrecido signos de haber entendido el mensaje, declarado en sordina, entre bambalinas, buscando una dudosa complicidad… Pero muy pocos perseveran cuando se acomodan en el sillón. De acuerdo con el Documento de buenas prácticas, en una institución pública cinco años son suficientes para desarrollar un programa, que sólo debería poder prolongarse si, al menos, cumple con la legalidad y el principio democrático de igualdad. Si no, estamos hablando de mantener la prevaricación y la malversación de fondos públicos. ¿Hay acaso otros sustantivos para las actuaciones sistemáticas que benefician a un reducido grupo cuya única característica común consiste en que son varones? Sin duda, con la expectativa de la devolución de favores, a escala nacional e internacional, en el territorio de la conocida cooptación, esa mala práctica ostensible pero oculta –por efecto de la «naturalización»– habitual en la camaradería masculina? ¿Cómo calificar, si no, cuando desatendiendo datos objetivos y revisiones historiográficas se programa y promociona según la predilección personal –por conveniencia, por capricho, por comodidad…–, sin sentido alguno de la responsabilidad social que conlleva un cargo público, como déspota narcisista instalado en su zona de confort?

En nuestro país, es necesario un amplio recambio en la dirección de museos públicos, antiguos y contemporáneos. Las feministas han de dar un paso al frente y todas deberemos cerrar filas, como en los países anglosajones de nuestro entorno, haciendo valer nuestra red de sororidad.

Rocío de la Villa

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