CATACLISMO

LA MALA HIERBA

Asunta Rodriguez

LA MALA HIERBA
Asunta Rodríguez

Discurso de ingreso en la Real Academia Galega de Bellas Artes:

Este verano, que para mí fue muy extraño, vi, en Betanzos, una pintada. Visitaba, con unos amigos, el lavadero que los Hermanos García Naveira habían donado a su ciudad natal. Recientemente rehabilitado, demostraba lo bien que había soportado el paso del tiempo, pero su interior estaba sucio, húmedo, lleno de restos de baratas borracheras y cochambre. En las paredes, que habían sido blancas, se amontonaban dibujos de escasa calidad: órganos sexuales, corazones traspasados y eslóganes más o menos revolucionarios. Olía mal y no invitaba a quedarse. En medio de aquel desorden y, cuando menos lo esperaba, apareció ante mis ojos una minúscula frase que resultaba sorprendente pues no parecía, aquel, su lugar. La señalé, con entusiasmo, pero ninguno de mis acompañantes le prestó gran atención. En medio de aquel desastre era muy escaso su valor. Nos fuimos, preguntándonos, cómo era posible tanto maltrato, tanto descuido, tan poco aprecio a un regalo tan bello. Pronto lo olvidamos. Seguimos pasando los días y alargando las noches, hablando de lo divino y de lo humano, apurando hasta el último minuto lo que quedaba de las vacaciones. Pero a mí aquellas tres palabras se me aparecían con frecuencia y, en contra de lo esperado, no perdían fuerza. Eran, cada vez, más evocadoras, más sugestivas, más afortunadas.

Se trataba de una frase sencilla, nada del otro mundo, escrita por cualquiera. Decía: “Arte y Paciencia”.

Hay momentos en los que uno siente la vida como una encrucijada, en los que está cansado y necesita de consejo para tomar una decisión, cree que no va a encontrar consuelo y huye todo el rato acosado por el síndrome del impostor. Pero son las pequeñas cosas las que, a veces, se tornan revelación. Ese haiku urbano, esas tres palabras, encajaron las piezas de mi puzle que, desperdigadas, no dejaban de acosarme y me pedían urgente resolución. Arte y Paciencia resumían y dotaban de graciosa ironía a lo que todos estos años ha sido mi vida profesional. Arte y Paciencia se volvían santo y seña, consigna, de lo que sea que quede por pasar.

Estoy aquí, ante ustedes, por lo hecho. Es mi historia la de Trinta, esa galería que me adoptó cuando, recién conseguida mi licenciatura en Historia del Arte, comenzaba mis cursos de doctorado y por la que abandoné mi tesis, decisión de la que nunca me he arrepentido. En la que trabajé con Manolo Allué, su entonces director, en un despacho atestado de cosas en el que cada mes escribía las direcciones de los clientes en sobres americanos, a mano, hasta saberlas casi todas de memoria. Por donde aparecían sin avisar artistas de los que ignoraba su existencia, que no estaban en los libros, a los que escuchaba con asombro y que poblaron de nuevos héroes aquellos tiempos que para mí fueron una segunda infancia, mi verdadera patria. Allí supe del poder afrodisíaco de unos pequeños puntos rojos que se colocaban al lado de los cuadros cuando éstos gustaban tanto que alguien se los compraba. Vi como artista y galerista medían sus fuerzas, cómo se disponían las obras en las salas, de qué forma se construían los embalajes, cómo se cerraban los tratos. Descubrí un oficio que parecía una aventura constante, un viaje al centro de la tierra; era como vivir dentro del arte, algo nuevo, realmente apasionante.

Siempre he dicho que fue la galería la que me escogió a mí. Ella ya existía, ya era algo importante. Yo cerré los ojos y seguí adelante. Lo aprendí todo sobre la marcha, con golpes y tesón, arte y paciencia. Nuestra pareja sobrevive pero sigue siendo la otra parte la que manda: ella impone los ritmos, demanda los cuidados y sonríe de vez en cuando si le gusta el decorado.

Recordando aquella época me viene a la cabeza un pasaje de Los Miserables en el que cuenta Víctor Hugo, cuando describe las virtudes del bueno de Monseñor Myriel, quien repartía todas sus posesiones con los más necesitados, que un día es reprendido por su sirvienta, la cual le echa en cara que, del escaso terreno que tiene la humilde casa en la que habitan, dedique una cuarta parte al cultivo de flores en un jardín.

“—Monseñor, vos que sacáis partido de todo, tenéis ahí un cuadro de tierra inútil. Más valdría que produjera frutos y no flores.

—Señora Magloire –respondió el obispo–, os engañáis; lo bello vale tanto como lo útil. Y añadió, después de una pausa: Tal vez más”.

Nada mejor que un buen romántico para comenzar estas líneas titubeantes y temblorosas, muertas de miedo, que se enlazan para intentar componer y dar adecuado disfraz a un discurso que deje en no mal lugar a quien lo lee y alivie, sobre todo, a quienes son irresponsablemente causantes de que esta insólita circunstancia esté sucediendo, aquí, en tiempo real. Han sido mis mentores, hombres y mujeres temerarios que han conseguido hacer realidad algo de todo punto inaudito: les han convencido a ustedes, señores académicos, de que el gato era una liebre. Son herejes porque han hecho sitio al mercado entre los libros. Los balances y las cuentas, la plusvalía… ¡a la misma altura que la poesía! A estos hombres y mujeres, aquejados de fiebres incurables, víctimas de humores malsanos, es conveniente que no les quiten el ojo, que los pongan en observación, que los miren de lo suyo. Yo proclamo mi inocencia y digo de antemano que titulo mi discurso La mala hierba.

Están todos avisados.

Yo les entiendo: son ustedes guardianes de las normas, albaceas del saber y, en los tiempos que vivimos, carnavales salvajes e ignorantes, el comercio y sus factótums provocan más miedo que respeto. Hoy todo se compra y todo se vende. La moda suple al conocimiento y es el simulacro la base de nuestra civilización ready made. Todo se produce y distribuye a escala global, todo se escruta, examina y disecciona siendo desechado si no encaja en la horma. Pero, ¿es el lenguaje, universal?: “No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmalazado…”.

¿Es, acaso, posible traducirlo, estandarizarlo?

Cada vocablo, cada expresión, es una descarga eléctrica sentida y descifrada en función de códigos aprendidos en el útero materno, inoculados a través de la lactancia, inherentes, innatos. Cada matiz, cada tono, es percibido por nuestro cerebro, afinado y registrado como algo intrínseco. Lo mismo sucede con el arte, educado y decantado en la retina. Banalizar su excepcionalidad es negar la esencia misma de la cultura. Pero es ésta la condición de nuestra época en la que lo que es nuestro lo toleramos, si lo hacemos, menospreciándolo como local, exótico o popular. Nos han convertido en nativos, indígenas, aborígenes de Occidente, habitantes de sus provincias. Y eso lo han hecho el mercado y sus cantos de sirena. Un mercado que ha ido en contra de sí mismo, borrando en una crisis todo lo pequeño, lo diferente, lo peor posicionado y que ha engendrado un nuevo prodigio: el darwinismo cultural.

Ganarás el pan con el sudor de tu frente es el inicio del comercio y el resultado directo del pecado original. Es normal que la ortodoxia recele de que tan grandes penitentes nos acerquemos al árbol del conocimiento, al fruto prohibido. Pero la culpa del asno no se ha de echar a la albarda. No todo el mercado es igual, a veces es astuto el buhonero y las baratijas con las que trafica no son tal; son lo que le gusta y con su gusto apetece de la mirada universal. Las impone con su empeño, con el tiempo las vende pero si no lo hace, lo vuelve a intentar. Si es certera su mirada, sabe ver donde otros no ven nada pero es de natural generosa su virtud ya que su ansia es que todos vean igual.

Mezcladas andan las cosas: junto a las ortigas nacen las rosas.

La importancia de lo inútil manifestada en el cuidado de un jardín da inicio a este texto. Son los buenos jardineros gente de bien. El objeto de sus mimos y desvelos no procura más que nuestra dicha. Son artistas de lo suyo: seleccionan las plantas y las temporadas, componen los parterres, agrupan por colores, saben de todos los verdes, esparcen las fragancias, escardan las especies invasoras, preparan los injertos y dosifican las sombras. Pintan con flores. Requiere su oficio de poca mano de obra y reducido capital. Son sus herramientas una pala, un rastrillo, una cesta, una regadera y un carretillo. Lo saben todo de los tiempos, no se sirven de las prisas: Semper festina lente. Y es la suya una muda pero firme revolución: implantar el placer como derecho. Permítanme que use la metáfora, sean conmigo generosos, donde dice flores pongamos artistas y en el sitio de jardineros veamos galeristas.

Todos sabemos lo que es una flor. Una rosa, es una rosa, es una rosa… pero ¿a qué cosa llamamos Arte? No se asusten, a cuestión tan subjetiva no pretendemos hincarle el diente. Es retórico el interrogante. Tan polémica controversia no ha sido ni será nunca resuelta. Digamos, para salir del paso, que podría ser la expresión máxima de la inteligencia. Un exceso de energía, un fuero de algunos humanos, una capacidad, una prebenda. Algo inútil, por supuesto, un estar en la tierra a contra manera. Es el arte el destino y el abismo de los artistas, su suicidio, cada día, al tomar una decisión artística. Es el arte lo que queda cuando se acaba un mundo, lo que desvela de qué manera fueron las cosas, qué importaba, qué faltaba, qué sobraba. Es el arte lo que hace que parezcamos mejores que las bestias. La gran mentira, la única verdad. Queda claro, me parece, que el arte es el verbo y la forma, el sujeto y la materia, el arcano, la piedra. Es todo y nada, pregunta sin respuesta, disposición de ánimo bien revelada. Suena muy bonito, pero no dice nada: el arte es el arte y el agua es el agua.

¿Qué son los artistas? Creo que estaría bien tomar la parte por el todo y decir que ellos son el arte: poetas flacos y desdentados, Max Estrellas vejados y vilipendiados, inmodestos oficiantes de monólogos solemnes, ridículos equilibristas en el alambre de la vida. Nos provocan mucho miedo y, por eso, les llamamos parásitos, garrapatas, liendres. Pero cuando ganan, que suele ser siempre, nos olvidamos de lo dicho, cambiamos nuestro discurso y los convertimos en maestros, ciudadanos de provecho, prohombres visionarios, próceres ilustres. Nos ponen de manifiesto nuestra ignorancia, son el espejo que refleja nuestras miserias, prisioneros liberados de la Caverna de Platón, nos recuerdan con su coraje que somos enanos y mortales; viven al margen, provocan altercados, ponen el dedo en la llaga. Son el verdadero poder: la cara amable de Dios, la sal de la tierra.

No les gusta estar solos, les tenemos por misántropos pero son, en verdad, tercos exhibicionistas que buscan el aplauso y las albricias. Es, su estrategia, trasladarnos su locura, convertirnos en alter egos para que los reconozcamos y alentemos, para que los abriguemos al amparo de nuestra cordura. Somos, los galeristas, acompañantes de artistas. Lazarillos de ciegos pícaros con los que el paseo debe ser lento y acompasado. Nuestra carrera debe ser la suya y los plazos, de por vida. Somos cuidadores bien cualificados, jardineros fieles, monaguillos a los que se les permite saborear antes que a nadie el vino de misa. Es cierto que las circunstancias que vivimos hacen que esta postura tan romántica sea vista como algo añejo. Son, estos galeristas, especies en vías de extinción. Tienen la mirada atenta para que el entorno no les asfixie pero no olvidan nunca que la realidad que les circunda es su auténtico patrón, su primer interlocutor. Entienden las galerías como lugares generadores de conocimiento en los que primero se siente el aura y luego se pone el precio. Se fían de su ojo y son Judas con su oído. Viven, siempre, en estado de excepción. Son las crisis su elemento, por eso recelan de los aficionados. Es la suya una constante batalla en la que, por el arte, se mata o se muere. Son coleccionistas de fracasos, vendedores de humo, psicoanalistas, madres, luces en la tormenta, tierra fértil, infantería ligera.

Pueden decirme que no les he contado nada, que esperaban datos y cifras, anécdotas curiosas, que he frustrado sus expectativas. Que no he bajado a la arena, que instalada en la metáfora no les he leído nada más que palabras bonitas. No es cierto, les he dicho toda la verdad, les he revelado la fórmula. He puesto en ello toda mi capacidad de persuasión, no podía ser de otro modo, no tendré nunca mejor audiencia para hablar del Amor. Esa palabra manoseada que muchas veces no significa nada, pero que, en mi oficio, explica todos los porqués: da motivos para la resistencia y alimenta el sentido del oscuro día a día.

Hagan paso, no vengo sola:

Pamen Pereira, Esther Ferrer, Berta Cáccamo, Manuel Quintana Martelo, Vari Caramés, Manuel Saiz, Daniel Verbis, Eva Lootz, Anxel Huete, José Freixanes, José Ramón Ais, Din Matamoro, Juan Bosco Caride, Antonio Murado, Evru, Chema Madoz, Mateo Maté, Miquel Mont, Óscar Seco, Manolo Paz, Ignacio Basallo, Miguel Mosquera, Curro Ulzurrun, Antoni Miralda, Teo Soriano, Edu López, Alicia Martín, Gilbert Garcin, Carla Andrade, Elena Blasco, Juan Hidalgo, Carlos Pazos, Thomas Jocher, Mar Vicente, Marta Bran, Florentino Díaz, Miguel Ángel Molina, Jesús Madriñán, Miguel Ángel Campano, Manu Muniategui, Ignacio Pérez Jofre, Andrés Rábago, Humberto Rivas, Isidoro Valcárcel Medina, Antón Hurtado, Amparo Garrido, Perejaume, Nono Bandera.

Hay caballeros, señores, lo que no quedan, son asientos.

Son ellos los que, a lo largo de los años, han ido dictando cada palabra de este texto. Los que han llenado de contenido mi cabeza, los que dan sentido a cada día difícil, los que ofrecen mucho más de lo que piden, a quienes todo se lo debo.

Una mala hierba es una planta que no está en su lugar. Si se encuentran una amapola en un campo de trigo, es una mala hierba. Si la descubren en un jardín, es una flor… Estamos en su jardín, señores de la Academia.

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