CLEPTOMANÍA Y GÉNERO EN GRANDES ALMACENES
Rocío de la Villa
Atraída por la socarrona y triste actualidad del tema de este ensayo, quedé enganchada desde las primeras líneas: “En una acción coordinada, el 1 de marzo de 1912 cientos de sufragistas convergieron en la zona comercial de Londres para hacer saltar por los aires los escaparates de los establecimientos. Una calle cada quince minutos. Cuatrocientos comercios atacados”. Un tono novelado que su autor, Nacho Moreno Segarra –historiador del arte, Master en Estudios Feministas por la Complutense– mantiene hasta el final, mientras despliega una investigación completa y actualizada que bien puede encuadrarse en los estudios de cultura visual, para abordar una redefinición del espacio público como espacio femenino.
A través de la eclosión de los grandes almacenes comerciales en la década de 1860, describe la aparición de una nueva masa en las ciudades: la masa de las mujeres, que pertenecientes a todas las clases sociales, se incorporan al espacio público, con la ruptura definitiva de la separación de las esferas pública y privada, es decir, doméstica. La psicopatización de esta irrupción de la mujer burguesa mediante la figura de la cleptómana, así como la eclosión del acoso callejero son la otra cara de la moneda de las conquistas en el espacio público del movimiento del sufragio femenino.
La aportación arquitectónica del grand magasine, la aparición del escaparatismo con la transformación del régimen escópico urbano y la prolongación del interior burgués en los espacios de “comodidades” que se crearon en estos centros comerciales para las mujeres, mientras mejoraban los transportes públicos, es uno de los jalones de esta interesante intriga, en la que son protagonistas dependientas y clientas. Hacia 1900, en Inglaterra un cuarto de millón de mujeres trabajaban en el sector, sufrían la brecha salarial y soportaban listas interminables de prohibiciones que hoy vuelven a reproducirse en nuestros centros comerciales. Por su parte, las burguesas –hasta entonces, “ángeles del hogar”– tuvieron que aprender el valor del dinero, antes administrado por padres y maridos.
Es en este contexto de falta de independencia económica donde surge la figura de la cleptómana, una figura que tuvo cierta notoriedad en la prensa hasta la década de 1920, convirtiendo el sujeto femenino en espectáculo. Un estereotipo cultural construido en masculino, sujeto paciente de psiquiatras y jueces, que enmudecieron su discurso con interpretaciones uterinas, ligando la cleptomanía a la neurosis y la histeria provocadas por la menstruación y otros “desórdenes” como la menopausia. Como afirma Cesare Lombroso en uno de los más famosos tratados misóginos de la época, La mujer criminal, la prostituta y la mujer normal, 1893: “Entre las mujeres parisinas es más probable que roben en tiendas mientras menstrúan”, convencido de “la incapacidad orgánica de las mujeres para resistirse al robo”. Por lo demás, solo las burguesas fueron consideradas cleptómanas; las trabajadoras, simplemente eran ladronas. La cleptomanía fue una enfermedad que no podía darse entre las clases inferiores.
Todas fueron víctimas de acoso callejero, que los hombres justificaban en la prensa por su inocente confusión con prostitutas, convirtiendo su cuerpo en un objeto de consumo más, en una época en que la economía visual machista se cebó con la representación a gran escala del cuerpo y rostro femenino en pósters, fotografías y cartes de visite, también en la pornografía, así como en la popularización de lo que llama detective cameras a mediados de 1880 y que, según los comentaristas de época, estimularon una nueva “manía”, la de tomar fotos robadas de las damas en las calles. También justificaron el acoso incluso con descarado cinismo, afirmando que si las mujeres eran libres de andar por la calle, ellos también tenían libertad para acosarlas –de aquellos barros, estos lodos. Por lo que la cuestión del acoso en la calle a la nueva flâneuse se convertiría en un tema central en las revistas y la literatura femenina, defendiendo el derecho de la presencia de las mujeres en la ciudad.
Hacia las décadas de 1870-1880 comenzaron a ser beneficiadas por la ropa fabricada industrialmente (prêt-a-porter), liberando a las mujeres de coser en casa, una labor doméstica tradicional. Se produjo así un cambio de destrezas: de coser ropa a comprar ropa. Una aptitud defendida por parte del sufragismo como prueba de la conquista de la racionalidad: “Las buenas compradoras como buenas votantes”. Al fin y al cabo, con sus adquisiciones de moda y nuevos inventos domésticos, “eran las mujeres quienes codificaban y decodificaban las cambiantes imágenes de clase”. La revista Department Store decía que: “los centros comerciales constituían la primera expresión verdadera de esta creciente ola de feminismo” donde las mujeres “mandaban” y eran reconocidas como “dependientas, jefas de departamento y compradoras”.
De hecho, buena parte de los grandes almacenes en el Reino Unido y Estados Unidos apoyaron el sufragismo: intercambiaron publicidad en sus revistas y crearon vestimenta y otros accesorios con los colores del sufragismo (verde, violeta y blanco en Europa; y amarillo, negro y blanco en Estados Unidos). Los almacenes Macy’s vendieron un kit de sufragista para manifestarse consistente en “un sombrero de guerra, unos pines para el sombrero, una linterna, una faja amplia, dos broches y un banderín”, todo por 1’68 dólares. También se produjeron calendarios y juegos de mesa, para introducir el sufragismo en el hogar burgués. Y los colores sufragistas conquistaron los escaparates y el espacio público. El autor aporta otros detalles para comprender la magnitud de esta alianza: “En junio de 1916, por ejemplo, los grandes almacenes Carson de Chicago confeccionaron una figura de cera de una sufragista saludando a las asistentes al congreso por el voto femenino realizado en esa ciudad. Junto a ello se recuerda cómo los almacenes Wanamaker dejaban a sus empleadas salir para manifestarse por el voto femenino, y en Londres, el salón de te del centro comercial Fenwick se convirtió en uno de sus cuarteles generales”.
Por lo demás, concluye Moreno Segarra: «la acción War of Windows en el centro de Londres se expandió a otras ciudades y países, incluso replicada por la organización china sufragista. El resultado en Inglaterra fue 400 escaparates rotos y daños por un valor de cinco mil libras. Las consecuencias: incontables mujeres multadas y más de cien sufragistas encarceladas con penas de prisión que iban de una semana a dos meses. En cambio, los empresarios de los grandes almacenes adoptaron un perfil bajo, repararon los escaparates y mantuvieron sus negocios con las sufragistas. Siguiendo el consejo de los pasquines que les habían arrojado, advirtiéndoles que si no apoyaban el voto, perderían su principal clientela, las mujeres, que ya estaban hartas de tanto kit de manifestante y tanto escaparate con los colores del sufragio». Quizás sería oportuno volver a aquellas viejas estrategias, en vista del cínico oportunismo de algunos grandes almacenes y otros referentes del espacio público hoy.
Nacho Moreno Segarra, Ladronas victorianas. Cleptomanía y género en el origen de los grandes almacenes, Editorial Antipersona, 4ª edición diciembre, 2017.
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