
ESSERE DONNE. EN LA MUERTE DE CECILIA MANGINI
(Mola di Bari, 1927-Roma, 2021)
Maite Méndez Baiges
“¿Cuál es su primer recuerdo?”, pregunta la entrevistadora. La respuesta procede de una nonagenaria que más tarde, en esa misma entrevista, dirá de sí misma que siempre ha sido feúcha, aunque a mi juicio no puede resultar más atractiva. Y contesta que el primer recuerdo que conserva es el de cuando era una niña de unos cuatro o cinco años que preguntaba una y otra vez qué es lo que había escrito en los letreros de las tiendas que salían a su paso por las calles por las que caminaba. “De repente, gracias a esa costumbre, añade, un día ya sé leer”. También confesará que todo lo que ha hecho en la vida ha estado destinado a borrar la señal de no haber sido aceptada, debido a su condición de mujer primogénita nacida en el seno de una familia meridional italiana en los años veinte. Me pregunto cuántas mujeres estarán haciendo cosas hoy en día en nuestro planeta con tal de alcanzar ese mismo objetivo.
La entrevistadora le interroga también por su primer enamoramiento, y ella dice que se produjo cuando contaba siete años, el momento en el que se enamoró del Corsaro Nero, lo cual, aclara, habla de su relación vital con la lectura, que es signo de una tendencia, “que me ha acompañado siempre”, a no tener demasiado en cuenta la realidad. Y sorprende que lo diga precisamente ella, Cecilia Mangini, la primera mujer documentalista italiana, capaz de filmar un testimonio tan fiel de la condición femenina como Essere donne (Ser mujeres), de 1964, que acabo de ver por primera vez.
Confieso que desconocía el nombre y la labor de Cecilia Mangini hasta ayer, cuando en un grupo de whats app lleno de mujeres sabias, alguien subió la noticia de su muerte en Roma, a los 93 años. Fui a dar así con información sobre su vida y su obra, y sobre el documental Essere donne, un agudo y demoledor documento sobre la condición del trabajo de las mujeres en la Italia de los sesenta. Quiero compartir aquí algunas de las impresiones que me ha causado, a modo de pequeño y tardío homenaje a su autora. No sé mucho del cine documental, ni de sus artífices, y seguro que hay muchas compañeras que podrían hablar con solvencia del asunto. Puede que Mangini sea muy célebre, también en nuestro país. Pero a estas alturas una ya no puede estar segura de hasta qué punto este tipo de ignorancia es responsabilidad propia o el efecto de ese borrado de nombres femeninos de la historia del cine y del arte que el patriarcado lleva ejecutando de forma tan eficiente desde hace ya demasiado tiempo.
El documental arranca con fotografías de modelos jóvenes y bellas luciendo todo tipo de favorecedores atuendos y maquillajes con las posturas sugerentes habituales de las revistas femeninas de moda. La materialización, en suma, de ese “Mito de la belleza” que según la tesis de Naomi Wolf fue la invención deliberada del sistema patriarcal para detener el avance de la segunda ola feminista (la editorial Continta me tienes lo acaba de reeditar en nuestro idioma). En la película de Mangini se plantea desde el principio ese tipo de cuestiones tan pertinentes como incómodas con las que se suelen emprender los análisis feministas. Al principio de la cinta, la voz en off que acompaña esas fotografías dice: “Nos miran desde las páginas de las revistas. Nos invitan a ser como ellas, a compartir su bienestar. Detrás de esas imágenes nuestra sociedad intenta esconder todo un cúmulo de contradicciones y violencia”. Las fotos de las modelos empiezan entonces a alternarse con las de hongos producidos por explosiones de bombas, y sobre ellas se formula esta pregunta: “¿Quién se puede reconocer en estas imágenes?”
A continuación el documental es una serie continua de imágenes y testimonios de mujeres italianas de los sesenta realizando trabajos mecánicos, tediosos y agotadores. Los de las campesinas de la Italia meridional y los de las obreras de las fábricas del norte, que, al cabo, son esas mismas campesinas emigradas en busca de un trabajo más digno y de un salario más justo, que a la postre resultan igualmente alienantes y mal pagados. La voz en off va ofreciendo datos sobre el trabajo femenino y su potente pero menospreciada contribución a la riqueza nacional. Y se alterna con las voces femeninas, con fuertes acentos regionales, que describen experiencias muy parecidas. El agotamiento, las continuas presiones y gritos de los jefes, los salarios miserables, las horas interminables de trabajo durísimo, física y mentalmente, los despidos y amenazas a la mínima queja o intención de huelga, la difícil si no imposible alternancia de esos trabajos con las ocupaciones domésticas, con los horarios y necesidades de sus respectivas casas y proles.

En la cadena de montaje de una de esas fábricas cientos de mujeres realizan al unísono los mismos gestos cronometrados en décimas de segundos, bajo la presión y el miedo a que se reduzca aún más el tiempo asignado a cada una de esas tareas mecánicas. Y si en Tiempos modernos Charlot parodiaba los efectos penosos de este trabajo alienante, conservando la inercia del tic de apretar las tuercas con las dos manos incluso una vez concluida la jornada laboral, en Essere donne una mujer cuenta que “tras ocho horas de trabajo, volvemos a casa rotas. Ya no sentimos los huesos”. Y otra de ellas dice: “Cuando nos viene un hijo tras otro, llega el sacerdote y nos dice: ‘non negate un anima al Signore’ “.
La voz en off informa de que las mujeres están presentes en todos los campos de la producción, y contribuyen a un tercio de la riqueza. Y que para ellas se reservan los trabajos más tediosos, los que los hombres no saben o no quieren hacer, en muchos casos ligados a técnicas arcaicas, sobre todo en el sector agrícola. Las imágenes de las faenas de las campesinas se acompañan a veces en la cinta con los cantos populares que esas mujeres llevan seguramente entonando a coro desde hace siglos. Y a pesar de estar presente en todos los sectores de la producción, continúa la voz masculina, ese trabajo y sus frutos permanecen invisibles y enmascarados.
En la entrevista que sigue a la proyección del documental en el enlace en la que he podido verla (https://www.facebook.com/MUSArtsOlogy/videos/-essere-donne-by-cecilia-mangini-1964/776974826040426/), Mangini comenta que vive en las afueras de Roma porque tiene muchos libros, y los libros son paredes, y las paredes, habitaciones, razón por la que necesitaba una casa muy grande, que solo se podía permitir en la periferia. De esa necesidad ya no de un cuarto propio, sino de una casa donde quepa una gran biblioteca, habla casualmente también Fran Lebowitz en un reciente documental que ha producido al alimón con Scorsese, Supongamos que Nueva York es una ciudad. En él, a propósito de las condiciones de trabajo de las mujeres en el Nueva York de los setenta, la escritora norteamericana cuenta que por entonces se ganó la vida con profesiones muy distintas, pero nunca con la de camarera, porque para ejercer ese oficio en esa ciudad y en esa década, asegura, tenías que acostarte con el encargado. Y que, de hecho, todas sus amigas querían trabajar en un bar determinado de Manhattan, porque contaba con la gran ventaja de que el encargado era homosexual. Un aspecto del trabajo femenino que no se toca en el documental de Mangini, pero que muy probablemente también formaba parte de la condición de las trabajadoras italianas de los sesenta a las que se dedica su película.
En la entrevista a la cineasta italiana también se le pregunta si se siente una mujer libre. A lo que responde que se sintió libre en el momento en el que decidió que tenía que vivir como un hombre. “Cuando comprendí eso, confiesa, conquisté una grandísima libertad”. Una libertad pagada con el precio de la renuncia a cualquier atisbo de feminidad. “Yo nací documentalista, y sigo siéndolo”, afirma también Mangini. Y sin lugar a dudas lo seguirá siendo siempre. S.t.t.l.
otra entrevista:
https://www.facebook.com/CinetecaBologna/videos/880758132317077/

otros documenales feministas ya clásicos:
https://www.kubeagency.com/post/13-documentari-femministi