
DRAWING ROOM MADRID 2021
Redacción
La sexta edición de Drawing Room en el Palacio Santa Bárbara de Madrid contará con 13 galerías y 38 artistas. De todas las ferias que se celebran la última semana de mayo en Madrid (ArtMadrid, Hybrid, Urvanity), es nuestra preferida, por tamaño, formato y calidad.
Ahora bien, las cuentas no salen: de 38 artistas en total, solo 15 son mujeres.
En paralelo, puede visitarse una versión virtual de Drawing Room online, con otros artistas en otras galerías: https://drawingroom.store/online-fair/
De la feria física en el Palacio Santa Bárbara, estas son las quince artistas:

Valeria Traversa es licenciada en Artes Visuales por la UNA, Universidad Nacional de las Artes, Buenos Aires. Su obra propone la dinámica de la línea en un sistema de formas que se interrelacionan, se contraen y se expanden, según las normas del dibujo constructivo, proyectual, performativo y espacial, en permanente movimiento entre lo tridimensional y el plano. Estudia los límites del dibujo con constantes búsquedas y ensayos que implican la acción y expansión del gesto.

Luisa Valdés Aguirre se formó en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Desde sus primeros pasos en el arte, se interesó por la percepción de la naturaleza, un elemento que se ha convertido en habitual en sus obras.
Esta serie llamada “SECRETOS NATURALES” son el resultado de la combinación del paseo físico, su contemplación y la realización de unas obras en las que la huella táctil y la textura forman parte de un trabajo de concepción del paisaje como memoria, la naturaleza revela sus secretos íntimos.
Sentir el exterior para volver hacia el interior e iluminarlo, intensificando así la sensación de trascendencia.

“A menudo encuentro los orígenes de mi trabajo en mi entorno natural, en esos paisajes a los que pertenezco y a los que siempre regreso. Ya difuminados en mi memoria vuelven reducidos a los hilos emocionales que me conectan con ese lugar, con ese camino, con esas brumas.
Intento detenerlos en una imagen que impida que se desprendan, y así evitar que me abandone el sonido de los vientos, el silencio de las nieblas, para que no desaparezcan, para no desaparecer yo. Son mi relación emocional con el paisaje.
Apenas contengo el flujo del agua, dejando que la tinta se acumule en los papeles que me rodean en puntos siempre nostálgicos, siempre tejidos por las ráfagas de los vientos, por el movimiento de las aguas, por el silencio que las habita…”

De formación autodidacta, la artista desarrolla su trabajo a través de un diálogo poético y metafórico. Su objetivo es hacer una interpretación sobre el comportamiento social y su evolución a lo largo del tiempo. Su obra, un tanto onírica, refleja el interés de la artista gallega por las relaciones humanas.

Su obra se ha convertido en una investigación donde el cuerpo, en un tono surrealista e irónico, se abre para reflejar el espacio de la casa. Todo, finalmente, converge a una nueva perspectiva y a una relación entre objeto, “accesorio de escena”, y cuerpo, cuerpo y espacio. En su obra se afirma la importancia del cuerpo como instrumento que experimenta la teatralidad, la puesta en escena, el gesto y el movimiento, y se representa como un constante devenir, en permanente confrontación entre fuerzas divergentes que le confieren desequilibrio, dinamismo, espontaneidad, imprevisibilidad e impermanencia

Santander
Los personajes de la serie Monsters Collection de Debbie Redah proceden de su visión del mundo. Todos estamos invitados a disfrutarlo, todos participamos de una idéntica base dónde reina el color, la alegría, la comunicación y la adaptación. Una humanidad profunda, neutra, imperfecta, nos coloca a todos en el mismo plano. Un plano desde el que destacan nuestros ojitos desiguales o nuestro cabello ralo.
La artista mezcla las imperfecciones con los rasgos más logrados y las capacidades más extraordinarias. Debbie Reda configura sus pequeños monstruos a partir de los ámbitos diversos donde se ha desarrollado ella misma: diseño textil, geometría, literatura y cultura viajera.

El carbón es el protagonista en las obras de Catarina Mil-Homens. “La gradación de los negros en al menos dos niveles de opacidad favorece una percepción más intensa que permite insinuar volúmenes que emergen de una primera capa replicando su contorno geométrico sobre el fondo neutro. Obstinadamente mudas, estas figuras latentes nos interrogan sobre el tránsito entre lo visible y lo invisible, ya que el material se hace presente capa tras capa, siguiendo un proceso lento y cuidadoso que involucra el cuerpo del artista hasta lograr un acabado impecable. El resultado es una acumulación densa, de un negro mate y aterciopelado que bien podría funcionar como atractor de la luz, al tiempo que sugiere una profundidad tan inasible como magnética, situándonos al borde de un abismo cuya negrura implica oclusión, pero también una presencia encarnada y resonante que nos mira desde el vacío […]”. Escribió la historiadora de arte y crítica Marta Mantecón sobre la práctica de la artista.

La dimensión escultórica de la obra de Carolina Serrano pretende indagar sobre las posibles formas de utilizar el tiempo como material, explorando las posibilidades teóricas, conceptuales y materiales de la parafina negra en relación con el fuego. Este elemento, el fuego, está muy presente en sus dibujos invisibles / esculturas murales. Este fuego, que se representa en las hojas de parafina, sólo puede verse si el espectador encuentra la inclinación adecuada para discernirlo, en una búsqueda metafórica y física de la luz, de lo que este fuego puede significar. Básicamente, apunta a la participación del espectador en el proceso de delineación de los diversos dibujos/esculturas que se presentan en confrontación con todos los demás soportes mediales presentados.

Licenciada en Bellas Artes con un Máster en Dibujo por la Universidad de Granada, los dibujos presentados por Irene González en Drawing Room pertenecen al proyecto “Espacios afectivos, zona de ruinas”. Se trata de una serie de composiciones en blanco y negro, con claras reminiscencias de la fotografía antigua, que versan sobre la melancolía. Representan una serie de lugares conectados con los juegos infantiles y los espacios del pasado, la memoria y el recuerdo. Según ha expresado la artista, no hay nada más melancólico que la repetición, el eterno retorno, el regreso al espacio ya conocido, a nuestras zonas afectivas. Irene González siente que vagamos en círculos por un laberinto, mientras intentamos llegar a un centro inalcanzable, donde se encuentra el fantasma de los orígenes y el misterio de la pérdida, de ahí la profunda extrañeza que producen estos dibujos.

Se trata de una artista con un estilo singular, propio, casi indefinible. Su trabajo tiene algo de profundo, de sencillo, y de constante al mismo tiempo; marcado con un sello personal y continuo. Se presenta una selección de trabajos inusuales por la técnica -dibujos sobre cerámica-, que no por la temática, ya que esta es la que caracteriza su producción, con formas pequeñas que se repiten en una suerte de alocado estampado, o formas sobre las que dibuja a su alrededor de forma concéntrica, generando elementos como lazos, o toda una suerte de rizomas que esquivan lo geométrico y que suponen el eje de sus composiciones.
Marta Barrenechea mira su entorno desde una perspectiva inocente aunque nada aniñada, abierta a la curiosidad y la sorpresa, y sobre todo a la captación de la belleza en lo que le es cercano. Y estas obras son el resultado.

Parte de su producción se centra en la representación de objetos pero desde un punto de vista inseparable de existencia material y sentimental.
Todos lo hacemos, pero los creadores con mayor intensidad, de forma más consciente. Piensan con las manos, con las herramientas con las que cortan, pintan, doblan, rodeados de objetos que han seleccionado para dar forma a un lugar de trabajo: piensan en, y con, un lugar. Lo mismo que crean en la cama, mientras sueñan, en un espacio que queda al margen de la previsibilidad lógico-verbal. Teresa Moro nos ofrece una colección intimista de delicados gouaches con los que delinea los estudios o los pequeños muebles auxiliares de artistas, y aquellos mobiliarios de los que se rodearon. Son imágenes que evocan un contacto sensual, multimodal, con los objetos que podrían desencadenar, restaurar, los recuerdos de otra persona con la que desearíamos tener afinidades. Hay una forma de pensar en imágenes, o de sentir con una materia, con unos objetos determinados, que no se puede transcribir en palabras.

“La vida humana entró en un período de bloqueo. Llevo ya varios años retirada de la interacción social. El distanciamiento social y el lavado constante de mis manos al producir mis obras de arte con un pegamento tóxico y papeles viejos con ácido ha sido mi “normalidad”. Nada nuevo, sólo una forma saludable de refugiarme en mi estudio. La creatividad sucede en un flujo, al mismo tiempo que las noticias de última hora entran en mi cerebro… una constante absorción de conocimientos desde charlas virtuales a podcasts y conferencias o entrevistas. En mi estudio el aire está siempre lleno de temas e historias, de ficción o de hecho, de elementos reales o percibidos de las interacciones de otras personas con la vida”.

Marlene Stamm necesita horas tras horas, días tras días para capturar, registrar y montar sus 10 minutos de luz. El resultado, cuantificado en un asombroso número exacto, evidencia el procedimiento de repetición agotador. Para cada imagen, se enciende y se mantiene una cerilla, se mide el tiempo con un cronómetro, se anota la duración de la llama, se fotografía la cerilla quemada y se pinta la acuarela. Después, las pinturas se ensamblan en el espacio según el orden en que se hicieron, cubriendo las paredes meticulosamente calculadas que se habían preparado previamente para ellas.

La naturaleza y sus presuntos vínculos con el cuerpo humano constituyen el punto de partida de las narrativas visuales de Muriel Moreau. La exploración de la frontera entre ambas iconografías es una forma de advertir y proponer un cierto retorno a un origen abstracto, una vuelta a formas esenciales que hoy en día pasan desapercibidas en un panorama determinado por la digitalización de la mirada.
En su obra, Muriel Moreau contribuye a hacernos sentir la permeabilidad de las fronteras entre el cuerpo vivo y la Naturaleza, evoca de forma alegórica los vínculos que nos unen a la tierra.

Eugènia Aloy se licenció en Bellas Artes, en la especialidad de pintura, y pasó un periodo de investigación en la Universidad Southampton Solent en 1996. Realizó su primera exposición individual en 1997. Ha participado en varias exposiciones colectivas, aunque en los últimos años ha mantenido una presencia muy discreta pero sin abandonar su labor creativa. Sigue trabajando en técnicas que le permiten explorar las posibilidades del dibujo y la pintura en relación con el grabado.