
PEPA CABALLERO, VIAJAR COLORES
Rocío de la Villa
Una de las preocupaciones crecientes entre las filas de quienes trabajan en arte contemporáneo y feminismos en nuestro país es el futuro del legado de las artistas nacidas en el siglo XX. Salvo excepción, relegadas o marginalizadas en vida, apenas algunas de sus obras se encuentran hoy en colecciones públicas. En el mejor de los casos, hijos y nietos guardan su custodia, a menudo sin ayuda alguna, por lo que no sólo las obras, también documentos y archivos sufren el inexorable deterioro del tiempo. Es urgente que museos y fundaciones adquieran y se hagan cargo de su conservación, resarciendo la discriminación sexista que padecieron en vida. O bien, que el Estado asuma a nivel nacional y/o comunitario la necesidad de crear un museo/archivo de estas artistas.
Con este objetivo se acaba de inaugurar la exposición Pepa Caballero. Viajar colores, en la céntrica Sala del Rectorado de la Universidad de Málaga, comisariada por Carmen Cortés e Isabel Garnelo, tras varios años trabajando con los hijos de la artista y una primera tentativa, como fue la pequeña exposición celebrada en la galería Ignacio del Río en 2020.
Pepa Caballero (Granada, 1943- Málaga, 2012) fue la única mujer cofundadora en 1979 del ecléctico Colectivo Palmo, al que perteneció hasta su disolución en 1987. Se había formado primero en Artes y Oficios y después en Bellas Artes en Sevilla en 1968, año en el que ya comenzó a exponer individualmente, iniciando una trayectoria que pronto se decantó hacia la abstracción geométrica. Pero ni el reconocimiento de sus colegas, ni la adquisición de sus obras por parte de las principales instituciones en Málaga, donde residió hasta su prematura muerte, ni la presencia internacional en la feria ARCO, ni tampoco su tenaz trabajo durante más de cuatro décadas fueron suficientes para ver sus obras incluidas en exposiciones referenciales para la construcción del relato histórico: en 2002, su obra no fue incluida en la exposición Andalucía y la modernidad. Del Equipo 57 a la generación de los 70; ni tampoco en la exposición Hace 50 años de 2021, ambas en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla. Omisiones decisivas para excluirla de cualquier otra revisión de la abstracción en el último cuarto del siglo XX y comienzos del siglo XXI en nuestro país.
La reivindicación de su trabajo en el marco de investigaciones feministas es interesante también al tratarse de una obra centrada en la abstracción. Ya que, a pesar de que esta vinculación entre abstracción y feminismo fuera planteada ya por Harmony Hammond en 1977, en el primer número de la mítica revista Heresies, qué duda cabe que desde entonces el esfuerzo de críticas e investigadoras feministas mayoritariamente ha estado enfocado a representaciones más o menos figurativas que hablan del cuerpo, la sexualidad, espacios y tareas domésticas, etc.. Bajo el mismo lema de “lo personal es político”, Hammond reclamaba la importancia de la raíz artesanal en la abstracción. Desde entonces, a este argumento, se han sumado muchos otros, como mostró el pasado año la gran exposición Mujeres de la abstracción, que pudo verse en el Guggenheim de Bilbao: una amplísima reunión de obras en diversos medios desde finales del siglo XIX que, de diferentes modos, confirmaban la intuición de Lucy Lippard cuando planteó la noción de “abstracciones excéntricas” que, por ejemplo, rompen y desvirtúan la retícula, o están ligadas a experiencias cotidianas.
Con un montaje llevado a cabo con mucha sensibilidad y sin pretensión de abarcar una retrospectiva completa, esta espléndida exposición que parece presentar una pintura totalmente actual, reúne una selección de los últimos veinticinco años de la producción de la artista. Arranca con un pequeño cuadro de la serie ya abstracta Rojo y negro, para dar paso inmediatamente a la serie Después de la poda, a partir de 1984. Etapa decisiva ya que desde entonces Pepa Caballero domina su propio lenguaje, signado por su interés constante por la luz. Las pinceladas o matrices en un ritmo ordenado quedan sueltas sobre el espacio de representación, claro o degradado, en una paleta cromática que nos recuerda mucho a las cartas de colores de Sonia Delaunay: magenta, azules y verdes, quizás con lejanas referencias paisajísticas, en serigrafías y en acrílicos sobre lienzo, prácticamente monocromos, invocando la presencia de la luz.


A comienzos de los años noventa en esta seriación en acrílicos sobre papel, una temblorosa rejilla es rellenada con manchas flotantes monocromas o a dos tintas, a modo de damero o en alternancias que parecen arbitrarias. Y siguiendo estas alternancias, en bandas horizontales, con una pincelada continua oblicua, como una escritura borrada o cancelada.

Algo de eso hay en las ondas irregulares que evocan el rebalaje, con su ir y venir de las olas, en azules, rosas y verde, en el gran mural realizado en 1985 en la fachada lateral de un edificio frente al mar en el barrio de El Palo, donde residió, y del que en esta exposición podemos ver diversos bocetos que enriquecen la posibilidad de contemplación del propio mural todavía existente, pero que sería urgente restaurar, si no se quiere perder una pieza valiosa de obra pública, testimonio del entonces final de la remodelación de la otrora barriada marinera. Este diálogo con el mar reaparecerá después intermitente en otras series como Mediterráneo, 1999, que alude a amaneceres, atardeceres y calimas, y la Suite Adalia 2001-2004.

Además, hay otras series que remiten a viajes, lecturas y reflexiones sobre imágenes icónicas de la historia del arte occidental. Un viaje a Grecia da lugar a la serie Partenón 1992, 1995-1998, de rigor arquitectónico. Caracterizada por bandas verticales o bien cuadrículas en un colorido muy claro, de baja saturación, alternando terracota lavada y blanco, rememora el resplandor blanco de la luz en la contemplación de la acrópolis y el orden de los vanos en la arquitectura clásica. O bien, en nocturnos, de fondo negro y cuadrícula azul cobalto. Con esta serie se reafirma el trabajo modular, en dípticos, trípticos y polípticos que posteriormente le llevarán a la posibilidad de composición y recomposición de imágenes utilizando formatos variados.

Y la verticalidad continua en Trilogía, con algunas piezas inspiradas en Fra Angelico, que remiten a la vibración mágica y sonora del instante, una reflexión que volverá a emerger con la solemnidad trascendente del dorado sobre negro en su última serie sin título, con nombres como “Variaciones sobre la Anunciación de Fra Angelico”, 2010-2011, e “Incidencia de la luz”, 2011, donde planos rectangulares se repliegan en triángulos y se despliegan en trapecios; en palabras de María Antonia de Castro, “planos cambiantes en un mismo paisaje”.

A de Castro, se suman en el muy cuidado catálogo textos de Maria Lluisa Faxedas sobre feminismo y abstracción y de los amigos de la artista Juan Manuel Calvo y Francisco Chica. En cuanto al extenso texto de las comisarias, parte de la consciencia de la fragilidad del porvenir de la obra de una artista que en vida, pese a sus numerosas exposiciones individuales y colectivas, apenas tuvo interlocutores críticos a la altura de su producción; y cuya permanencia y futuro depende no solo de su adecuada conservación material, también de la catalogación de su obra junto al archivo de todos los documentos que dejó: escritos, anotaciones en lecturas, recortes de prensa, etc … Como tantas otras artistas que hoy reclaman su redescubrimiento y la custodia de su herencia.
Esta exposición ha formado parte de la Bienal MAV 2022 y su proceso de gestación de los Proyectos de investigación I+d+i Prácticas de la subjetividad en las artes contemporáneas. Recepción crítica y ficciones de la identidad desde la perspectiva de género y Desnortadas. territorios de género de la creación artística contemporánea, UMA/UPV/UAM. Las comisarias Carmen Cortés e Isabel Garnelo son miembras de Colectiva. Observatorio Cultural Feminista.
Pepa Caballero, Viajar colores, Sala del Rectorado UMA, Málaga. Del 29 de septiembre al 19 de noviembre de 2022.